Era un día como cualquier otro, estábamos en clase de literatura… El profesor
nos contaba historias y leyendas de terror, nos mirábamos entre todos con caras
de des entendimiento y nos reíamos mucho, de repente cortó la luz, pero eso no
fue la gran cosa.
Tocó el timbre del recreo de 5 minutos, fui hacia la ventana
a mirar a la gente que pasaba, todo estaba muy tranquilo, era un día de
tormenta muy frío, la niebla tapada la vista a los viejos edificios de la
ciudad de Rivera, sentí una voz que me susurraba al oído: Yohanna, Yohanna…
Asustada volteé, era Virginia con una sonrisa aterradora en su extraño y pálido
rostro, sus ojeras marrones oscuras mostraban cansancio; le pregunté que
quería, ella me dijo que el timbre ya había sonado hace 5 minutos, lo raro fue
que yo no lo escuche, estaba como encerrada en mi mundo. El profesor nos había mandado un trabajo en
grupo, los integrantes eran:
Virginia, Camila, Diego, Milagros, Alejandro y yo. La propuesta era ir al
cementerio más antiguo de la ciuidad y buscar papeles sobre un escritor muy
famoso.
Un día sábado vinieron todos a mi casa, mi madre nos llevó hasta allí, en el camino
pasaron una serie de acontecimientos algo inusuales…
Camila observaba fijamente la ventana del asiento trasero izquierdo,
parecía tranquila, de pronto largó un grito muy fuerte y dijo:
- ¡No, no! (y comenzó a llorar tapándose
los oídos)
Diego preocupado la abraza y le dice:
- ¿Qué pasó?
Camila sin respuesta alguna intenta abrir la puerta para lanzarse a la calle,
por suerte la puerta estaba trancada.
Virginia muy aterrorizada dice:
- ¡Paren la camioneta!
Mi madre sorprendida estaciona, bajo un viejo árbol seco y abandonado, por lo
visto. Camila se baja, vomita tras él y cae desmayada; no sabíamos qué hacer, Fernanda y Alejandro la cargaron y colocaron en la carrocería, Diego la
tapó con una manta y fue con ella el
resto del camino al cementerio.
Llegamos a nuestro destino, todo pasó en 30 minutos, fue tan
rápido…
Entramos, preguntamos por los papeles de algún escritor famoso y nos dijeron
que ya no tenían más documentos antiguos. Yo, insistente como de costumbre,
seguí adelante hasta que encontré la tumba de un tal de Gonzalo C. Hernández,
era un escritor, en la roca había un pequeño homenaje que decía: “Fuiste un
gran hombre, y tus obras eran increíbles, que en paz descanses”
Era tan inmenso ese lugar, era normal, pensé que iba a ser más extraño, pero
no, todo era común;
mis amigos comenzaron a buscar los papeles que sabíamos que estaban por algún
lado, de repente, la puerta se cierra de golpe, se tranca, no podíamos salir.
El aire comenzó a volverse más helado, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo,
podía sentir que algo no andaba bien. Las pupilas de mis amigos brillaban más
que nunca, sus pieles semejaban a la de una gallina despellejada…
Intercambiamos miradas, una sonrisa asomó Alejandro, caminando lento hacia un
conjunto de rocas que estaban en el suelo, tomó la más grande y sin piedad la
lanzó sombre la cabeza de Camila, la pobre chica no imaginaba que algo así iba
a suceder, su vida acabó de una forma tan rápida y cruel, que entre sueños su
alma se perdió.
Diego con el corazón en la garganta dijo:
-No, así no puedo vivir.
Alejandro sacó un bisturí de su bolsillo y se cortó la garganta, murió.
Fernanda no resistió y desmayada cayó al suelo.
Yo me pregunté,
- ¿Dónde está Virginia?
Me alejé lentamente… me senté en el lugar donde dentro estaban los huesos del
fallecido. Mi curiosidad me llevó a descubrir una carta que estaba atrás de mí.
Decía:
“Sabemos que no vas a leer la carta, pero algún día alguien se va a enterar de
la verdad de tu muerte, yo siendo la
única persona que lo sabe.
El escritor Gonzalo Cristóbal Hernández Figueroa, se suicidó por accidente! El
tenía muchos problemas mentales, adoraba golpearse la cabeza con rocas, comenzaba a hacerlo y
nadie lo podía detener. Ni yo, siendo su madre lo pude. Un día Gonzalo estaba
escribiendo uno de sus maravillosos cuentos que no está terminado justo por lo
que sucedió, se enfadó porque no le
salía una parte, tomó una roca, se golpeó la nuca, nunca más volvió a escribir,
su obra no acabada tiene una mancha de sangre, nadie sabe porqué, solamente yo,
espero que la verdad algún día pueda ser destapada y aclarada, yo no lo maté.
V. Figueroa.
Me impacté, no sabía qué hacer, no encontraba a Virginia,
Diego estaba en shock, Fernanda estaba desmayada, Camila y Alejandro murieron… Perdida y muy
confundida, en un estado de pánico descontrolado, yo, en ese momento ciento una
mano helada en mi hombro, era Virginia, que susto.
- ¡Yohanna, me están arañando la
espalda!, me arde mucho, ¡Yohanna, ayúdame!
Yo:
- Mantén la calma, creo que mi celular no agarra señal, pero igual voy a
intentar llamar al 911…
Lo saqué de mi bolsillo, y para mi suerte, tenía señal, llamé, ya estaba
viniendo la ayuda.
De pronto siento golpes viniendo de la caja de huesos, con miedo fui y abrí, era
el cadáver de Fernanda en muy mal estado, sus costillas sobresalían de su
tórax, sus intestinos se veían, mucha sangre incluso insectos devorándosela.
Cierro la tapa, corro hacia la puerta trancada y comienzo a gritar:
- ¡Sáquenme de aquí, ayúdenme!
Diego golpeó su cabeza contra una roca, quebrándosela y por desgracia murió
también, Virginia vomitó mucha sangre, sus ojos se dieron vuelta y cayó dura en
el piso.
Cuando escuché aquel dulce sonido…
RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING!
Me había quedado dormida en literatura, mi sueño fue extraordinario y
asustador, por eso quise contárselos a mis compañeros y profesores…
EL PROFESOR DE LITERATURA SE HABÍA DADO
CUENTA QUE ESTABA DORMIDA, RARAMENTE, NO DIJO NADA.
Autora: Yohanna Dutra Xavier.