martes, 9 de julio de 2013

Sueño del más allá (cuento)

Era un día como cualquier otro, estábamos en clase de literatura… El profesor nos contaba historias y leyendas de terror, nos mirábamos entre todos con caras de des entendimiento y nos reíamos mucho, de repente cortó la luz, pero eso no fue la gran cosa.
Tocó el timbre del recreo de 5 minutos, fui hacia la ventana a mirar a la gente que pasaba, todo estaba muy tranquilo, era un día de tormenta muy frío, la niebla tapada la vista a los viejos edificios de la ciudad de Rivera, sentí una voz que me susurraba al oído: Yohanna, Yohanna…
Asustada volteé, era Virginia con una sonrisa aterradora en su extraño y pálido rostro, sus ojeras marrones oscuras mostraban cansancio; le pregunté que quería, ella me dijo que el timbre ya había sonado hace 5 minutos, lo raro fue que yo no lo escuche, estaba como encerrada en mi mundo.  El profesor nos había mandado un trabajo en grupo, los integrantes eran:
Virginia, Camila, Diego, Milagros, Alejandro y yo. La propuesta era ir al cementerio más antiguo de la ciuidad y buscar papeles sobre un escritor muy famoso.
Un día sábado vinieron todos a mi casa, mi madre nos llevó hasta allí, en el camino pasaron una serie de acontecimientos algo inusuales…
Camila observaba fijamente la ventana del asiento trasero izquierdo, parecía tranquila, de pronto largó un grito muy fuerte y dijo:
- ¡No, no! (y comenzó a llorar  tapándose los oídos)
Diego preocupado la abraza y le dice:
- ¿Qué pasó?
Camila sin respuesta alguna intenta abrir la puerta para lanzarse a la calle, por suerte la puerta estaba trancada.
Virginia muy aterrorizada dice:
- ¡Paren la camioneta!
Mi madre sorprendida estaciona, bajo un viejo árbol seco y abandonado, por lo visto. Camila se baja, vomita tras él y cae desmayada; no sabíamos  qué hacer, Fernanda y Alejandro la cargaron y colocaron en la carrocería, Diego la tapó con una manta  y fue con ella el resto del camino al cementerio.
Llegamos a nuestro destino, todo pasó en 30 minutos, fue tan rápido…
Entramos, preguntamos por los papeles de algún escritor famoso y nos dijeron que ya no tenían más documentos antiguos. Yo, insistente como de costumbre, seguí adelante hasta que encontré la tumba de un tal de Gonzalo C. Hernández, era un escritor, en la roca había un pequeño homenaje que decía: “Fuiste un gran hombre, y tus obras eran increíbles, que en paz descanses”
Era tan inmenso ese lugar, era normal, pensé que iba a ser más extraño, pero no, todo era común;
mis amigos comenzaron a buscar los papeles que sabíamos que estaban por algún lado, de repente, la puerta se cierra de golpe, se tranca, no podíamos salir. El aire comenzó a volverse más helado, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, podía sentir que algo no andaba bien. Las pupilas de mis amigos brillaban más que nunca, sus pieles semejaban a la de una gallina despellejada…
Intercambiamos miradas, una sonrisa asomó Alejandro, caminando lento hacia un conjunto de rocas que estaban en el suelo, tomó la más grande y sin piedad la lanzó sombre la cabeza de Camila, la pobre chica no imaginaba que algo así iba a suceder, su vida acabó de una forma tan rápida y cruel, que entre sueños su alma se perdió.
Diego con el corazón en la garganta dijo:
-No, así no puedo vivir.
Alejandro sacó un bisturí de su bolsillo y se cortó la garganta, murió.
Fernanda no resistió y desmayada cayó al suelo.

Yo me pregunté,
- ¿Dónde está Virginia?
Me alejé lentamente… me senté en el lugar donde dentro estaban los huesos del fallecido. Mi curiosidad me llevó a descubrir una carta que estaba atrás de mí. Decía:
“Sabemos que no vas a leer la carta, pero algún día alguien se va a enterar de la verdad de tu muerte,  yo siendo la única persona que lo sabe.
El escritor Gonzalo Cristóbal Hernández Figueroa, se suicidó por accidente! El tenía muchos problemas mentales, adoraba golpearse  la cabeza con rocas, comenzaba a hacerlo y nadie lo podía detener. Ni yo, siendo su madre lo pude. Un día Gonzalo estaba escribiendo uno de sus maravillosos cuentos que no está terminado justo por lo que sucedió, se enfadó  porque no le salía una parte, tomó una roca, se golpeó la nuca, nunca más volvió a escribir, su obra no acabada tiene una mancha de sangre, nadie sabe porqué, solamente yo, espero que la verdad algún día pueda ser destapada y aclarada, yo no lo maté.
V. Figueroa.


Me impacté, no sabía qué hacer, no encontraba a Virginia, Diego estaba en shock, Fernanda estaba desmayada,  Camila y Alejandro murieron… Perdida y muy confundida, en un estado de pánico descontrolado, yo, en ese momento ciento una mano helada en mi hombro, era Virginia, que susto.
- ¡Yohanna,  me están arañando la espalda!, me arde mucho, ¡Yohanna, ayúdame!
Yo: 
- Mantén la calma, creo que mi celular no agarra señal, pero igual voy a intentar llamar al 911…
Lo saqué de mi bolsillo, y para mi suerte, tenía señal, llamé, ya estaba viniendo la ayuda.
De pronto siento golpes viniendo de la caja de huesos, con miedo fui y abrí, era el cadáver de Fernanda en muy mal estado, sus costillas sobresalían de su tórax, sus intestinos se veían, mucha sangre incluso insectos devorándosela. Cierro la tapa, corro hacia la puerta trancada y comienzo a gritar:
- ¡Sáquenme de aquí, ayúdenme!
Diego golpeó su cabeza contra una roca, quebrándosela y por desgracia murió también, Virginia vomitó mucha sangre, sus ojos se dieron vuelta y cayó dura en el piso.
Cuando escuché aquel dulce sonido…

RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING!
Me había quedado dormida en literatura, mi sueño fue extraordinario y asustador, por eso quise contárselos a mis compañeros y profesores…

EL PROFESOR DE LITERATURA  SE HABÍA DADO CUENTA QUE ESTABA DORMIDA, RARAMENTE, NO DIJO NADA.

Autora: Yohanna Dutra Xavier.

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